La Biblioteca
[William Ashbless]



La bibliotecaria nunca levantaba la cabeza. A veces, ni cuando susurraba la localización de aquel volumen. A veces, ni cuando entregaba un carnet nuevo. A veces, ni cuando decía "de nada". La bibliotecaria siempre llevaba el pelo recogido en un moño de agujas, y sus finas gafas se pasaban el día resbalando sobre su nariz. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Todo el día. Y las empujaba con su dedo corazón. La bibliotecaria no siempre estuvo sola. La bibliotecaria estuvo casada dos veces. Ambas, muy joven, y solo por el espacio de un año y medio. La bibliotecaria, llevaba dos años sola. Nadie miraba sus faldas de tubo. Ni su camisa blanca ceñida. Ni sus medias de encaje. Entraba la primera, y salía la última. Sus paseos eran rápidos y felinos. Pasaba desapercibida tras las mesas.

El ayudante vendió su negocio tiempo atrás, y dejó el stress en otra parte de su vida, y recorría casi 100 Km cada día para asistir en la Biblioteca. El ayudante era una persona popular. Solía hacer las fotocopias a los visitantes. Solía acompañar a la gente a pie de libro. Solía cargar todos los volúmenes que le dejaba la bibliotecaria con una mirada de soslayo. El ayudante siempre sonreía a todo el mundo, menos a la bibliotecaria. El ayudante recorría casi 100 Km para volver a su casa. Cada día.

Él se fijo en ella cuando estaba de cuclillas. Una tarde a media luz, sin apenas gente en el recinto. Su trasero le pareció un corazón puesto del revés. Ella se fijó en él cuando hablaba con dos colegialas . Sin saber la razón, sintió una oleada de celos y miró a su alrededor, sonrojada.La bibliotecaria levantaba la cabeza. Miraba al ayudante de lejos. Se interesaba por el ayudante, de lejos.

La bibliotecaria miraba a la cara a los jovencitos, por encima de las gafas, y les sonreía. Y de soslayo, intentaba saber si el ayudante la veía hacerlo. La bibliotecaria dejaba un rastro de perfume, y sus tacones hacían un poco mas de ruido sobre la moqueta.El ayudante le dirigía la palabra cuando tenía un rato libre. Y en susurros, intercambiaban frases y miradas. El ayudante empezó a invitarla a un café después de la jornada, y a veces, solo a veces, ella accedía. Y pasaban unos minutos en la cafetería, siempre en silencio.

La tarde del Concierto de Noviembre la bibliotecaria cerró antes por inventario, y dio la tarde libre al ayudante. La tarde del Concierto de Noviembre, pasadas las seis, el ayudante recorrió de nuevo los 100 Km y volvió a La Biblioteca. Ella le vio tras el cristal de la puerta, recortado en la oscuridad y salpicado por la nieve que caía con suavidad. Él la vio dentro, de pie, iluminada por la luz cálida del interior, abrazada a dos libros que le oprimían el pecho. Caminando lentamente, respirando violentamente, la bibliotecaria abrió la puerta. Y no dijeron nada. Él le quitó los libros de las manos para que le rodease al rozar la curva de la cintura con la yema de los dedos. Ella palpó por encima del pantalón, agarrando con fuerza. Apenas se quitaron ropa cuando desaparecieron del marco de la entrada, hacia las mesas y estanterías.

La bibliotecaria siempre levantaba la cabeza. Y siempre miraba a todo el que entraba. Y siempre vigilaba en silencio a las colegialas que se acercaban a la mesa del ayudante. Y cuando sonreía a los colegiales, esperaba encontrar la mirada celosa del ayudante. La bibliotecaria dejaba los libros de dos en dos, o de tres en tres, en el carrito. Y guardaba los demás para repetir el paseo, tras el ayudante, y cuando no lo encontraba solo tras las estanterías para pasar la mano por su espalda, rozar con un dedo su trasero, o lanzarle una mirada, sentía una punzada de rabia. La bibliotecaria escribía notas a lápiz, y las escondía en los libros que apoyaba en el carrito para ser devueltos a su sitio. La bibliotecaria ardía por dentro cada día.El ayudante siempre ojeaba los libros que la bibliotecaria le dejaba en el carrito, buscando las notas que tímidamente asomaban, con un corte perfecto, hecho a mano.

El ayudante ardía de deseo al leer las pequeñas cartas, susurradas a lápiz, con aquella letra curva, voluptuosa como las curva de la cadera de su amante. El ayudante ardía de celos cuando la bibliotecaria sonreía, y no dejaba que ella lo viese. El ayudante, antes de recorrer los casi 100 Km de vuelta a su casa, permanecía unas horas en La Biblioteca.Y nunca decían mucho.

La bibliotecaria manchaba con los tacones los papeles que estaban sobre su mesa apoyando los pies en ella para que él se perdiese en su entrepierna. El ayudante tiraba los libros, movía las estanterías, y se lastimaba la espalda cuando ella le apoyaba para abrirle el pantalón de un tirón. La bibliotecaria dejaba la marca de sus pechos y manos sobre la mesa, como el aliento caliente sobre un cristal. El ayudante se arqueaba, en el suelo, cuando ella estallaba sobre él.

Pasado un año, la tarde del Concierto de Noviembre, la bibliotecaria cerró antes por inventario, y con una mirada lasciva, dio la tarde libre al ayudante. Pasado un año, la tarde del Concierto de Noviembre, pasadas las seis, el ayudante recorrió los casi 100 Km para volver a La Biblioteca. Pasado un año, la tarde del Concierto de Noviembre, la nieve, que caía suavemente, hizo salir de la carretera el automóvil del ayudante. Pasado un año, la tarde del Concierto de Noviembre, la noche cayó sobre el ayudante, atrapado en su automóvil, cubierto de nieve, bajo la cuneta de la carretera. La bibliotecaria esperó toda la noche, y despertó de madrugada. Sola.La bibliotecaria nunca levantaba la cabeza. A veces, ni cuando susurraba la localización de aquel volumen. A veces, ni cuando entregaba un carnet nuevo. A veces, ni cuando decía "de nada". La bibliotecaria siempre llevaba el pelo recogido en un moño de agujas, y sus finas gafas se pasaban el día resbalando sobre su nariz. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Todo el día. Y las empujaba con su dedo corazón.

La bibliotecaria no siempre estuvo sola. Y ella, nunca dijo nada.




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